La reserva de oro negro

Brasil nunca ha llegado a ser una gran potencia del petróleo, sin embargo, desde los últimos años ofrece serias garantías de inversión y es una buena alternativa a países con gobiernos inestables o conflictivos como Venezuela, Rusia o los inquietantes de Oriente Medio.

Brasil llegó a convertirse en uno de los mayores fabricantes a nivel global de productos como el azúcar, la madera, el hierro, el cacao, las esmeraldas o el uranio. Durante la década de los 50 llegó a importar el 95 por ciento del petróleo que consumía.

No sería hasta bien entrado el año 2007 cuando la empresa nacional Petrobras sorprendería al mundo cuando descubrió un inmenso yacimiento de petróleo en Tupi, oculta bajo una capa salina y con unas reservas de aproximadamente ocho mil millones de barriles. Desde ese momento se sucedieron los hallazgos y se multiplicaron las empresas exteriores que tenían serios intereses para invertir en Brasil. Con los nuevos descubrimientos, la cifra de reservas se elevó por encima de los treinta y tres mil millones de barriles, y finalmente para los últimos meses de 2008 llegaron a confirmarse más de ochenta mil millones. En este momento, el valor sería superior a los 6 billones de dólares, lo que representa más de tres veces el Producto Interior Bruto del país.

Fruto de todos estos hallazgos petrolíferos y del desarrollo de la industria del oro negro, prácticamente todos los sectores del país se han beneficiado de un crecimiento vertiginoso, desde la industria de la siderurgia hasta la textil, pasando por las telecomunicaciones. Durante la década de 1990 Brasil no tenía ni siquiera tecnología ni información sobre cómo extraer petróleo, y ningún otro país quiso firmar acuerdos con los gobiernos nacionales ni tenían interés alguno en explorar sus territorios por si se encontraban reservas.

Sin embargo, desde la llegada al poder del actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, una de las principales preocupaciones del gobierno ha sido la de frenar los efectos adversos de este crecimiento vertiginoso. Sobre todo evitar la contaminación, con la consecuente degradación de aguas fluviales, y la falta de control sobre la delincuencia urbana y el tráfico de drogas.

Por otro lado, la situación de desconcierto en Oriente Medio, donde Irán representa una amenaza constante a los intereses de Estados Unidos y sus aliados Israel y Arabia Saudí, ha beneficiado de forma clara al gobierno brasileño, que en los últimos años ha logrado firmar importantes acuerdos con algunas de las empresas más potentes del oro negro de Norteamérica. Probablemente, gracias a ello, Brasil ha pasado de ser una nación subdesarrollada a una de las mayores potencias emergentes, y según los datos que manejan las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional, podría llegar a convertirse para antes del 2050 en una de las naciones más importantes económicamente de todo el planeta.

El mayor reto para el actual gobierno de Lula es adaptar la industria del petróleo a las nuevas tecnologías para su extracción, y combinar este tipo de producción con el fomento de las energías alternativas. En este sentido se tiene planificado presentar una serie de planes que no perjudiquen la creación de empleo en la industria del petróleo pese a los objetivos que el gobierno se ha trazado de llegar a reducir incluso hasta un 40 por ciento los gases contaminantes emitidos a la atmósfera.

Sin embargo, algunas empresas nacionales han criticado la actitud ambigua que Lula y su partido mantienen con respecto a ellos, y varios expertos aseguran que el desarrollar políticas tan ambiciosas para reducir la contaminación pueden tener un efecto negativo para las empresas extranjeras –sobre todo petroleras– que quieran invertir en el país sudamericano.

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