Lenin, Engels, Marx

Aunque se diga que el mensaje de Marx difiere en algunas cosas con el marxismo propiamente dicho, que combinó la idea marxista con otros aportes como los de Engels y más tarde Lenin y que fue también influenciado por muchos teóricos de la U.R.S.S., es en realidad el alma que contiene y sostiene todo el sistema filosófico, práctico y científico del materialismo dialéctico.

Marx es un filósofo sin querer serlo, aunque de bajo rango a mi entender, porque no resuelve problemas meta-científicos que se vuelven ineludibles para las filosofías serias

Por ejemplo, cuando la incógnita es el origen de la vida, la visión marxista deja esta respuesta en manos del progreso científico. Elude contestar simplemente alegando que tales preguntas no son relevantes en tanto no intervienen en la cadena de producción.

Pero en un terreno más cercano al desenvolvimiento de los seres humanos, en lo que llamamos hoy el campo social, las investigaciones de este brillante sociólogo, político y ecónomo, trajeron luz y esperanza a las clases oprimidas por los vergonzosos desbordes del liberalismo.

Estos desbordes no son sino los desequilibrios que mostró la revolucionada sociedad capitalista-industrial del siglo XIX que dividió a la población en clases y que definió el tipo de vida de la burguesía y del proletariado.

La Revolución Industrial, que junto al descubrimiento de la agricultura en el Neolítico, se considera el impacto más grande de la historia para el hombre y el medio determinó el abandono de las formas tradicionales de producción.

La fábrica sustituyó al artesanato, a los talleres de hilandería, etc., y puso en su lugar a operarios que trabajaban entre las máquinas (Watt 1750) cuya acción productiva desbordaría los volúmenes conocidos hasta el momento.

Pero asociado a los talleres artesanales había una burguesía creciente que estaba ligada al poder aunque no del todo reconocida en la época, la burguesía comerciante que ya tenía una experiencia previa de explotación con los esclavos y los artesanos que contrataban para la manufactura de materias primas traídas de Oriente.

La burguesía medieval heredó la ciencia de explotación mecánica y la habilidad, indecente por cierto, de explotar el trabajo humano en el mismo sentido que las máquinas: convertir la mano de obra humana en un medio de producción y su trabajo o fuerza productiva en una mercancía.

La voz de esta burguesía que se independizaba, cada vez más de la influencia monárquica y de la omnipotencia de la Iglesia Católica, fue la que pactó los ideales del burgués liberal y que, en virtud de sus intelectuales, dieron esplendor al Siglo de las Luces, a la Ilustración, a los procesos de democratización del poder político.

Sin embargo, la libertad demandada por Locke y que tuvo su representación en economistas como Adam Smith, David Ricardo y Malthus. Es el comienzo del “Imperio del sol poniente”, el reinado de las empresas del mundo occidental. Marx simplemente observó la mecánica del poder para adueñarse de las fuentes de riqueza e ingeniarse para que nunca falte mano de obra barata.

Entre la vasta obra del autor se ve la huella de los economistas ingleses, por ahí empieza su análisis cuando ha comprendido que interiorizarse en el pensamiento burgués, los fundadores del liberalismo y los teóricos de esta corriente libremercadista que terminaría siendo otra forma de esclavismo, era el mejor camino para descubrir su mañosa trayectoria histórica, su “modus operandi” que, con toda seguridad, terminaría afectando a inmensas mayorías, dada la concentración del poder y las riquezas.

En este sentido se entiende que tanto Quesnay, Adam Smith y David Ricardo, son fuente de inspiración, por oposición, referentes hasta cierto grado, por antagonismo para Marx. Cabe destacar que su investigación trajo luz sobre la noción del trabajo como mercancía y el papel de la plusvalía o ganancia a costa del obrero que convertía al capitalista en rico y al proletario lo dejaba siempre pobre.

Una moral que pretende ser atea

La búsqueda de la justicia social que el marxismo vislumbra a través de la socialización de los medios de producción, que en términos actuales significaría la expropiación de dichos medios por parte del Estado a los privados que las estuvieran explotando en provecho propio.

Vemos que si bien la idea comunista es atea, que rehúye de la religión porque la considera una forma de alienación, echa mano de una ética de reparto y de equidad, de justicia social, que es la base de toda religión.

La democratización religiosa estuvo marcada por separaciones del cuerpo católico y aparición de otras interpretaciones cristianas que al final de la Edad Media, con la invención de la imprenta y la reproducción de la biblia hacia “afuera” de los ambientes monásticos, significo la Reforma Luterana y Calvinista, y los primeras y preocupantes fisuras del poder papal.

Una excesiva antipatía por la especulación filosófica y por la religión, en particular, es una característica de la repulsión marxista a formas de poder que saben filtrarse en el corazón humano aprovechándose de la sed de respuestas y la sensación de orfandad que suscita la ignorancia. Peor aún, la religión como medio evasivo, como dadora de paciencia y resignación, para Marx, es el “opio del pueblo”, un placebo de esperanza, una apuesta al caballo que no corre.

Ahora bien, denunciar la corrupción que crecía en el mundo cristiano y en la hipócrita sociedad europea de esa época, fue un acto de valor y un acierto aclamado en la órbita de los derechos laborales y en el clima de los sindicatos.

Marx, en su materialismo obstinado, afirma que el pensamiento aparece como emanación sutil de materia, materia evolucionada, cuestión inversa a lo que parece irse perfilando desde la física moderna, ya que la asociación onda-partícula y la vacuidad de la materia, así como otras paradojas de la cuántica, han apuntado a lo contrario: Es la propia materia la que proviene de una forma de pensamiento compuesto o actividad mental no localizada.

Pensar que un “desposeído” por sus carencias en lo que infraestructura social se refiere, no podrá alcanzar niveles de reflexión propias puede ser un error. No se contrasta plenamente con la realidad ya que el poder jamás habría sido cuestionado.

Recordemos que para Marx, la religión reduce al hombre a girar en torno a una salvación imaginaria y a una entidad divina también imaginada. Es de esperar que desde esta perspectiva se vea en la religión una amenaza de antiprogreso y una fuente de fragmentación social en claro perjuicio del verbo “religar” que le da nombre a sus múltiples interpretaciones.

La estrategia para enfrentar esta alienación cultural de la voluntad humana comienza, para el marxismo, por explicar donde se afirman las creencias teológicas, dejar claras las contradicciones de la biblia y mostrar las relaciones evidentes del Vaticano con el poder mundial.

Debe decirse, a su vez, que la inquietud religiosa es también una inquietud científica y filosófica, que Marx no alcanza a verlo porque, desde su mirada científica, se encuentra entre los entusiastas de partir y dividir los saberes, los sistemas y organismos, para estudiarlos por partes.

Válida es, empero, la desmitificación que hace el marxismo de la religión poniendo en evidencia sus verdaderos intereses como lo fueron para la Iglesia Católica la apropiación de las riquezas y la concentración del poder político: Las teocracias.

El materialismo histórico

Las fuentes o influencias materialistas recibidas por el caudal marxista a los efectos de consagrarse como materialismo histórico remiten a Fourier, Feuerbach y Proudhon que maduraron las ideas cooperativistas para proponer el mutualismo.

No se debe olvidar que puede también observárselo como una reacción antitética al socialismo utópico (Robert Owen, Saint Simon) ya que, a diferencia de estos, el socialismo científico de Karl Marx y Federico Engels, entendía, como ruta obligada de acceso al poder, la vía revolucionaria.

De cualquier manera, el surgimiento del materialismo dialéctico se explayó y concretó en la crítica del materialismo mecánico de Feuerbach, considerándolo tocado por corrientes metafísicas de índole especulativa. Su célebre crítica a Feuerbach está sintetizada en esta frase:

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”

Lo que el materialismo histórico dice es que la evolución de las sociedades está determinada por cuestiones de tipo material, prácticas y del desarrollo tecnológico, en especial por sus formas de explotación.

Afirma entonces que son las condiciones materiales no subjetivas, las cuestiones básicas, que tienen que ver con la supervivencia y la satisfacción de las demandas primarias, las que proporcionan los cambios en toda la órbita educativa, política y jurídica de una sociedad.

Liado a este concepto de materia como verdad única viene el siguiente pilar del marxismo que es la praxis o práctica “superando” al “quehacer” del pensamiento. Así como Nietzsche eternizó el “Dios ha muerto” Marx dejó su propia versión del tema:

“El hombre creó la religión y no la religión al hombre”

De esta forma volvió a centrar al hombre en un rol protagónico que denota un regreso al antropocentrismo griego, el hombre científico, como hombre controlador del proceso evolutivo desde una filosofía positiva.

La visión materialista es, sin duda, un buen aporte a la comprensión de los hechos históricos y al desarrollo de las sociedades. La importancia de los medios de sobrevivencia en la estructura social es indiscutible. Cuando sabemos que los recursos volcados en intereses colectivos producen satisfacciones al ser social, mientras que las riquezas direccionadas hacia un grupo minoritario, lo que se conoce como el sector privado, son causa de continuas desgracias, fricciones y descontrol.

Sin embargo, cuando el materialismo se torna doctrina única, camino obligatorio y segador de otras realidades impalpables, sensaciones intangibles, ideas que aparecen en un papel dejando símbolos que tienen traducción, unidades lingüísticas reconocibles que permiten el análisis de lo posible además de lo ocurrido ya, el materialismo se convierte en una carga insoportable.

El materialismo dialéctico

Los aspectos filosóficos del marxismo, que se niega a aceptar su naturaleza conceptual y por ende filosófica, nos llevan así al materialismo dialéctico.

Como hemos mencionado, el cuerpo de la dialéctica materialista recibió aportes de Lenin y es la que postula la evolución de las sociedades mediante el conflicto de ideas antagónicas y la superación de ambas mediante la síntesis. Hasta aquí se percibe claramente la influencia hegeliana.

Para Marx, Hegel era el techo máximo donde había llegado la filosofía. Sólo restaba ahora superarla mediante la práctica de lo alcanzado en el terreno intelectual hasta aquí.

Es posible que el atareado Karl Marx debiera resumir, en Hegel, toda la historia de la filosofía por la sola razón de que nunca alcanzó a leer las ideas de otro filósofo.

Desconocer la integridad de lo teórico y lo práctico, su inseparabilidad, olvidar que “cuando una persona piensa”, está realizando un desempeño fáctico, comprobable y que de este trabajo puede salir luego la solución del cáncer, la independencia de las energías fósiles o el logro de la fusión nuclear de isótopos de hidrógeno, conquistando la era de la energía inagotable.

Es difícil para Marx resistir el embate de un filósofo que puede demostrarle de mil maneras sus propias contradicciones lógicas cuando desvaloriza el desempeño de la idea postulando el fin del discurso y la superación del pensar por el hacer como si fueran cosas diferentes.

Por otra parte ha quedado bastante claro, desde la mirada historicista, incluso, que el marxismo es muy convincente siempre y cuando no se trate de llevar a la práctica que es cuando se vuelve imposible. Y la evidencia está en el hecho que el comunismo se ha convertido, en los últimos años, en un camino tortuoso y doloroso hacia el capitalismo.

No hemos visto ningún paraíso aun de la mano del comunismo ni del capitalismo, y sí hubo algún paraíso por ahí, era sin duda la residencia de algún jerarca bolchevique aburguesado o de algún fascista explotador, esclavista por convicción.

Conclusiones

Considerando el denso conjunto de principios marxistas merece ser reconocido como un bloque cohesivo en el sentido lógico y consecuencia válida de muchas de sus premisas.

El marxismo adelanta que solo se atendrá a realidades materiales y a actividades que tengan utilidad práctica y esto lo hace para ahorrar la pérdida de tiempo de girar en torno a cuestiones que no son de “primera necesidad”.

La mirada científica de Marx y Engels les permitió establecer como prioritaria la infraestructura social que es el sustento de toda edificación hacia el homo reflexivo, hacia el pensador. Que había que tener resuelto los problemas materiales y de sustento para dedicarse al goce de la superestructura donde está el arte, las ciencias, la filosofía.

Pero no siempre esto es así, si bien es cierto que un hombre cuyo calvario ha sido el hambre difícilmente se dedique a la reflexión metafísica, bien puede ser esta sensación molesta un detonador de la reflexión y más de una vez lo ha sido.

No siempre es el satisfecho el que cuestiona las formas de pensar y de vivir, más bien el privilegiado es el que se echa a dormir o a cuidar celosamente su fortuna dejando en ello la vida. Su esclavo se preguntará, en cambio, por qué ha nacido esclavo, por qué ha nacido y clamará con más urgencia por Dios

La idea de socializar los medios de producción, dentro de un ambiente de conciencia social y de un bloque de países asociados en la misma línea, es una proposición tan formidable como difícil teniendo en cuenta que hay fuerzas de desintegración operando silenciosamente a nuestro alrededor.

Además, un socialismo moderno debería albergar también la solución de otras injusticias sociales y ambientales, pero sobre todo, saldar su deuda con el ejercicio reflexivo aprehendiendo el significado de la materia como energía filtrada por unos sensores de corto alcance.

La experiencia de la Teología de la Liberación, una forma de comunismo cristiano, demuestra que la iniciativa de socializar los medios de producción no es discrepante a la noción de equidad, solidaridad y hermandad emanadas del “homo espiritual” que, más que un arma de enajenación usada por las clases poderosas, es una demanda anterior a poder formular la pregunta.

El llamado a la reconciliación con nuestra verdadera naturaleza, la espiritualidad, no es la simple incubación de un huevo falso, hueco y estéril puesto allí por los poderosos para la infeliz ignorancia del proletariado y la eternización de sus poderes dinásticos.

El materialismo como doctrina filosófica no resiste el análisis en este momento de paradoja científica que lo que tiene en tela de juicio es precisamente la incertidumbre respecto a la existencia de la materia.

Es precisamente ese materialismo pasado de moda, anclado en el modelo mecanicista, ese rasgo soberbio que todavía persiste en algún marxismo ortodoxo, conservador, contradictorio a la propia dialéctica del marxismo-leninismo el que le echa tierra encima a una modernización de la izquierda. Una izquierda que modere su escepticismo en tanto cuestiones vislumbradas por y desde el pensamiento abstracto, lo que permitiría despojarla de la imagen dinosaúrica con que se la ha envestido.

Pero un socialismo que además de darle pan, vivienda, educación y salud a su gente pueda sugerirle una respuesta ontológica de una misma razón gobernando lo que aparece, un universo implicado, al decir del físico teórico, David Bohm, atrás de todo fenómeno, sería la solución; necesitamos un socialismo que comprometa la investigación metafísica en su seno sin el temor de ser enajenada por el fervor de una fe irracional.

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