Hambre en Somalia
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Hay hambre en Somalia. Y ahora mismo Internet y sus grandes medios nos educan en no enterarnos de que un semejante pena por un trozo de ayuda humanitaria para sobrevivir unos meses en espera de otros trozos por llegar. No es noticia, solo es crónica de ocasión, memorias del viajero, y agonía de unos miles que ni conocen la Red de Redes porque en sus mentes solo habita hambre de comer y mucha sed de beber, eso que muchos derrochan y otros acompañan con la queja de “¡más!”

Hace poco, alcanzaba al mundo la noticia de un tal señor Madoff, en Estados Unidos, que estafó a sus inversores 50 mil millones de dólares, suficientes para hacer millonario a cada habitante del planeta. Basta un por ciento para cambiarle el rostro y el cuerpo maltrecho a cada una de las personitas que nos ofrecen las cámaras cuando vemos un buscado material sobre el tema o nos empeñamos en saber de un país que casi nunca figura en la agenda de los medios.

Mejor es hablar de intrigas políticas, de promesas torpes, de fútbol, de estrellas, que del desastre de Somalia, donde se estima según datos ofrecidos en informes de la Organización de Naciones Unidas, unos 3,7 millones de personas, es decir más o menos el 50% de la población, necesita ayuda alimenticia y apoyo para subsistir.

Y están los gritos desesperados de los trabajadores de la ayuda humanitaria que piden una acción conjunta para enfrentar el desgarrador momento que nos ofrecen los rostros y las pieles cuarteadas por la sequía, crucificadas por la indigencia, cocidas al hueso por la desnutrición.

Unos seres que no parecen de este mundo, flacos, con panzas infladas por parásitos o sabe Dios que cosa habite dentro.

La autopsia que un médico no quiere realizar, el retrato que no queremos tener, la historia que los grandes medios no ansían recrear porque tendrían que buscar causas que están más allá de los enfrentamientos internos que obligan a migrar dentro del propio país a un total de 1,5 millones de seres que trabajan, apenas, por un poco de comida.

Una pobreza que empezó desde que Europa saqueara al África sus riquezas, esclavizara sus hombres, y no dejara otra opción que la violencia, el hambre y la sed ocasionada por una sequía perenne y un cambio climático, propiedad de las grandes potencias del orbe con su no llegar a un acuerdo para regular las emisiones de monóxido de carbono, con sus políticos oportunitas y representantes del mercado.

Y si suma a la inseguridad alimentaria, enfermedades como el SIDA y la malaria, un acceso deficiente a los servicios médicos, el saqueo a las instalaciones del personal de asistencia humanitaria y la necesitad de inyección de cientos de millones de dólares para tratar y prevenir la malnutrición, encuentra uno el caos. Miseria extrema, delgadez aguda y cruel a la vista, y un deseo de correr para no ver espectáculo tan horrible, tan real, tan cercano y a la vez tan lejos de nuestra acción.

Y en eso educan, en no conocer las causas, la historia de los pueblos, en obviar los lares de este mundo que no tienen potencia económica, en centrarnos en el consumo del último modelo, en los vericuetos políticos de los poderosos, y en los chismes de moda y de estrellato.

Una educación en el olvido, en la indiferencia, mientras otros se mueren de hambre y unos pocos de dolor ante el hecho de no poder llenar el estomago de esos miles, mientras les ven la muerte en el rostro a los niños de esos pueblos, uno de cada cinco muere, y la resignación no alberga esperanzas de que esos chiquillos raritos lleguen a la adultez.

Es la formación de la idiotez y la definición de la desesperanza, porque estamos creando seres humanos que no saben qué hacer cuando ven estas imágenes y, o toman el camino de la insensibilidad, o se les llena el alma de dolor, y no saben cómo compartir con aquellos el pan que se comen y al agua que beben, porque están muy lejos, no hay a donde acudir, no se encuentra espacio con altavoz fuerte para gritar, y porque el hecho parece demasiado irreal para regalarles la esperanza de poder vivir como seres humanos.

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