La oposición rusa ha llamado la atención sobre la posibilidad de que una serie de organizaciones mafiosas hubieran considerado apoderarse de materiales armamentísticos

Armas rusas
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El viernes 13 de noviembre una noticia saltaba a todos los medios de comunicación globales. En Rusia, un arsenal de armas obsoletas de la época soviética estallaba, dejando tras de sí la vida de dos militares y treinta y cinco desaparecidos, que finalmente aparecieron con vida gracias a que se cobijaron a tiempo en un refugio antiaéreo.

Una serie de explosiones repentinas comenzaron a alterar la vida de los ciudadanos de Uliánovsk, una ciudad situada a unos 1000 kilómetros al sureste de la capital rusa, Moscú.
Tanto el ministerio de Defensa ruso como el gobernador de la región han comparecieron rápidamente ante los medios descartando la posibilidad de que se tratara de un atentado, y confirmando la hipótesis de que las explosiones se habían producido cuando los militares manipulaban el material obsoleto para ser destruido.

Sin embargo, la oposición rusa ha llamado la atención sobre la posibilidad de que una serie de organizaciones mafiosas hubieran considerado apoderarse de materiales, y mientras estaban logrando sacar parte del mismo, fueran sorprendidos por los militares y de esta manera todo se hubiera sucedido rápidamente a través de algunos disparos.

Hasta el momento en toda la Federación Rusa no habían surgido situaciones de este calibre más allá de las zonas remotas en Siberia y en el Este del país, donde desde la caída de la antigua Unión Soviética quedaron abandonadas centenares de bases militares con material bélico que nadie ha vuelto a utilizar, y que durante la década de los 90 numerosos ex funcionarios aprovecharon sobre todo para venderlo a grupos extremistas como los talibanes en Afganistán – lanzacohetes, ametralladoras y armamento de medio alcance -, e incluso a gobiernos como el de Sudán, donde hay un conflicto grave en el que ya han perecido más de cuatro millones de personas.

La situación se había mantenido más o menos bajo control, ya que la inmensa mayoría de la población rusa estaba demasiado ocupada con el desmantelamiento del antiguo régimen del “todo público”, con lo que no pudieron atisbar con claridad la diferencia entre privatización y robo, según declaró Vasily Sviat en un medio ruso recientemente, lo que sirvió de mucha ayuda a diversas mafias y grupos de tráfico de armas para sacar cuanto antes el armamento de Rusia y expandir sus negocios por todo el mundo.

Sin embargo, en los últimos años los grupos mafiosos han puesto sus ojos cada vez más hacia el Oeste, y ante la necesidad de seguir manteniendo vivos diversos focos activos que se alimentan de su oferta – sobre todo en Etiopía, Sudán, Congo y Sahara Occidental -, se han ido envalentonando y retando a las autoridades militares, aprovechando cualquier ocasión para realizar robos masivos de materiales armamentísticos abandonados a su suerte en cualquier parte del país.

Según algunos militares han ido declarando a los medios, desde la desmantelación de la URSS se habrían perdido numerosas documentaciones que detallaban datos militares, así que nunca se podrá saber con exactitud hasta qué cantidad tanto en medios como en dinero ascendió el fraude y el robo de armamento obsoleto. Únicamente con algunos de los arsenales que han ido apareciendo en Afganistán desde el comienzo de la Operación Libertad Duradera se calcula que, durante toda la década de los noventa, los talibanes habrían adquirido materiales por un valor superior a los 300 millones de dólares.

A numerosos gobiernos les interesa que los focos activos se sigan manteniendo, con lo que tampoco hacen muchos esfuerzos por evitar la circulación de armamento, siempre que no vaya a perjudicar a sus intereses. Es el caso de China, cuando las armas rusas viajan hasta Camboya, de Pakistán cuando se dirigen rumbo a la India, o del estado fallido de Somalia – actualmente en guerra civil y con un bando radical islamista – cuando toman destino hacia Sudán.

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