¿El poder corrompe o los corruptos son quienes más ansían el poder?

Es difícil encontrar un punto intermedio entre los peruanos entorno a la carismática figura de Alberto Fujimori. Un peruano, que también posee nacionalidad japonesa, Ingeniero Agrónomo, que ocupó la presidencia desde el 28 de julio de 1990 al 21 de noviembre de 2010. Los simpatizantes resaltan su capacidad para lograr la estabilidad macroeconómica y combatir la amenaza terrorista.

El hecho en cuestión, es cuál es el precio que ha tenido que pagar la población peruana. ¿Es válida la premisa de Nicolás Maquiavelo que “para obtener el fin no hay que reparar en los medios”? Pues el combate al terrorismo se enmarcó en crímenes de lesa humanidad.

Y lo que en un tiempo fue aparente bonanza y felicitaciones de los principales organismos de crédito internacionales, culminó con una población sumergida, aún más, en la pobreza. Y con el ex presidente acorralado, a finales del 2000, por escándalos en el seno de su gobierno.

Fujimori fue, en un comienzo, una luz de esperanza para los peruanos

Fujimori despertó la conciencia de los peruanos, en el sentido de comprender hasta qué punto puede llegar la corrupción en un país cuando hay concentración de poder.

En 1990 se presenta a las elecciones en un clima político muy especial, debido al debilitamiento del entonces presidente Alan García. Éste, tras su triunfo, adoptó medidas que no fueron muy bien vistas por los organismos mundiales de crédito. García, anunció que limitaría los pagos al 10% de los ingresos anuales por exportación y que negociaría directamente con los acreedores sin intermediación del F.M.I.

A partir de 1986 Sendero Luminoso inició ataques armados. En la segunda mitad de 1988, agotadas las reservas internacionales, García inició una política de ajuste generando una considerable recesión y desocupación. Esto despertó el descontento de los peruanos y los reclamos por trabajo y una mejor calidad de vida.

En este clima de desesperación y con la esperanza puesta en una nueva figura de la política, Fujimori le ganó a su acérrimo adversario, el derechista radical Mario Vargas Llosa. Renombrado escritor mundial y doctorado en letras, pero con un discurso neoliberal. La población, en una segunda vuelta se volcó por abrumadora mayoría al líder del sector Cambio 90, con un 62% de los votos contra un 38% del destacado escritor.

Sin dudas, que todo esto se da en una coyuntura histórica, en donde los factores externos ayudan a nuevos iluminados en la política, que son impredecibles en sus intenciones. Basta recordar a Fernando Collor de Mello en Brasil, Juan María Bordaberry en Uruguay (aunque éste resulta electo por una reforma constitucional fallida que llevaba a Jorge Pacheco Areco a la Presidencia).

La figura de Vladimiro Montesinos

A poco de asumir, Fujimori comienza a despegarse de sus aliados electorales, y Vladimiro Montesinos va ocupando un rol por demás importante en su gobierno. En 1993 aprobó una nueva constitución y derrotó a los grupos guerrilleros Sendero Luminosos y MRTA. Aunque siguiendo tácticas muy alejadas a la defensa de los derechos humanos; se le acusa de que muchos guerrilleros fueron asesinados cuando ya estaban desarmados e inmovilizados por las fuerzas del ejército.

La disolución del congreso, en realidad un auto golpe, paradójicamente ante la desinformación de la población, con la complicidad de medios de comunicación, elevó sus niveles de popularidad a un 80%.

Fujimori argumentaba los hechos que lo inspiraron a hacer tal maniobra: “¿Cuál es la institución o mecanismos que permitían realizar todos los cambios profundos que a su vez hagan posible el despegue de Perú? Sin lugar a dudas ni el Parlamento ni el Poder Judicial son hoy por hoy agentes de cambio, sino más bien freno a la transformación y el progreso”.

Su ex rival político, el escritor Mario Vargas Llosa, en su obra “La señorita de Tacna”, escribía algo muy interesante: “El criterio de la verdad es haberla fabricado, no hay verdad que pueda someterse en un laboratorio”. Y vaya si esto es aplicable a Fujimori, donde siempre basado en la manipulación de los medios, mediante sobornos, impuso lo que fue “su verdad”.

En enero de 1995 Perú y Ecuador se enfrentan militarmente en el sector no demarcado de la frontera entre ambos países; aunque no hubo declaración formal de guerra, las hostilidades provocaron cientos de muertos. Con la exaltación patriótica por el conflicto y gracias a sus victorias sobre los senderistas, Fujimori logró ser reelecto cómodamente en el 95, frente a Pérez de Cuéllar.

La obstinación por el poder conlleva a la intervención en los medios de comunicación de masas, para favorecer su imagen y ocultar actos de corrupción mediante sobornos y persecuciones a periodistas. A cargo de estas operaciones siempre estuvo su aliado oculto Vladimiro Montesinos.

Benjamín Disraelí, primer ministro del imperialista gobierno de la reina Victoria de Inglaterra, escribía a finales del siglo XIX: “El mundo está gobernado por unos personajes completamente diferentes que no se imaginan aquellos cuyos ojos no se sumergen entre los bastidores”. Y tal es el caso de Montesinos, un operador que se manejó siempre entre las sombras de Fujimori y que operó en gran parte de sus negocios espurios.

El tercer mandato de Fujimori y la crónica de una muerte anunciada

En el 2000, aún jaqueado por hechos de corrupción, gana en primera vuelta a Alejandro Toledo, de “Perú Posible”. Sin embargo, Toledo no se presenta a la segunda vuelta y exhorta a votar en blanco.

Al inicio de su tercer mandato de Fujimori, salen a la luz los videos de Montesinos efectuando sobornos, y quedan claramente evidenciados los graves hechos de corrupción. Y lo que siguió, fue como dice el título de la novela de García Márquez: “Crónica de una muerte anunciada”. Convoca a nuevas elecciones, absteniéndose de participar, entrega quince millones de dólares a Montesinos, acto seguido de cesarlo de su cargo, a modo de indemnización. Y luego de un viaje a Japón, desde allí renuncia al cargo, sabiendo los peligros judiciales que corrían en su contra en su país: “He vuelto, entonces, a interrogarme sobre la conveniencia para el país de mi presencia y participación en este proceso de transición. Y he llegado a la conclusión de que debo renunciar formalmente a la Presidencia de la República (…) para abrir paso a una etapa de definitiva distensión política que permita una transición ordenada y algo no menos importante, preservar la solidez de nuestra economía”; concluía su discurso de renuncia.

El Congreso rechaza la renuncia y declara vacante la Presidencia aduciendo “incapacidad moral permanente”, y lo inhabilita por 10 años.

La detención de Fujimori

En 2005 Fujimori viaja de Japón a Chile, habiendo ingresado con pasaporte peruano donde es detenido por orden del Ministro de la Suprema Corte de Justicia de Chile.
Fujimori es acusado de una infinidad de actos de corrupción y enriquecimiento ilícito; al decir de Balzac: “Detrás de cada gran fortuna, siempre se esconde un muerto”. Sobre la espalda del ex presidente y sus secuaces, pesan varios aún impunes.

Estos hechos de corrupción, en donde el ingreso al poder es sinónimo de hacer fortuna a costas de las arcas del estado en desmedro de los más desprotegidos, es una triste realidad. En ella, la población cada vez más descreída, termina por no saber por quién optar, si por figuras emergentes que poco se sabe de ellas, o por malos conocidos, con la esperanza de que sean los que menos les quiten de lo poco que tienen.

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