El presidente de Costa Rica, Oscar Arias, aconsejó a Uruguay que debería disolver el ejército. Esto implica una intromisión en la política interna de otro país. Huele a “mandados” y a una soberbia bastante exacerbada que ha caído bastante pesada en la clase política Uruguaya.

Oscar Arias
Oscar Arias

Cambiar de opinión no es ningún delito, ya Kant nos lo dejaba en claro: “Sólo los sabios cambian de opinión, los necios nunca”.

Ahora cuando los hechos se tergiversan, cuando los hechos son rellenados con otros sentimientos espurios, y los contextos desordenados en los textos dando lugar a pretextos, es que todo se entremezcla intencionalmente para que en esa red algún distraído caiga. Sin embargo, cuando nos estamos remontando a la historia reciente, es de muy mal memorioso olvidar algunas cosas.

El presidente de Costa Rica, Oscar Arias, aconsejó a Uruguay que debería disolver el ejército. Esto implica una intromisión en la política interna de otro país. Que aunque si bien es cierto que la reestructura del ejército es un tema pendiente que se viene hablando desde hace tiempo en la coalición de izquierdas, no es una tarea de solucionar en el corto plazo.

Es innegable los méritos que ostenta Arias en su intermediación pacífica en la paz lograda en Nicaragua y el Salvador en 1987, el cese de la ayuda de Estados Unidos a la “contra” nicaragüense; méritos importantísimos que le valieron el Premio Nóbel de la Paz en 1987.

Sin embargo en lo estrictamente local las recetas neoliberales aconsejadas por los organismos internacionales de crédito que aplicó en su primer mandato aumentaron las tasas de desocupación y a niveles récord de informalismo. Asimismo las denuncias en su contra de haber recibido dinero del narcotráfico en su campaña como de Manuel Noriega, enturbiaron bastante sus buenas intenciones en el plano internacional.

Estas recetas neoliberales de derecha que aplicó, no parecen dar mucha autoridad para aconsejar a otros países, máxime de tendencia de izquierda con definidos planes en política social, y más en términos de asuntos internos. Huele a “mandados” y a una soberbia bastante exacerbada que ha caído bastante pesada en la clase política Uruguaya.

Hay que reconocer que ha sido el primer país del mundo bajo el mandato de Oscar Arias en recurrir a un plebiscito para definir si aceptar o no un TLC, pero sus credenciales neoliberales están presentes.

Dicen las malas lenguas que aún sigue yendo a un bar del que es habitué con un amigo y aún pide un “Ja, ja, ja”. Cada vez que lo atiende un mozo nuevo le pregunta con curiosidad: “Disculpe, no vendemos eso… o al menos no sé que trago es ese “Ja, ja,ja”.
-Ja,ja,ja, muchacho, es eso que lleva ron y cola…
-Ah, usted me dice un “Cuba Libre”.
-Por eso, “Ja, ja, ja…

El sigue enamorado de su gobierno, sin autocríticas, todos los males vinieron de afuera durante su primer mandato; su título de Premio Nóbel tal vez crea le da la autoridad para inmiscuirse en lo interno de los demás países, dejando de lado la diplomacia. Es desopilante el amor que se tiene a sí mismo. Con la arrogancia de aconsejar qué deben hacer los demás países con sus fuerzas armadas. Hace recordar a la historia de Narciso:

Tiresias, un adivino, le dijo a Liríope, la ninfa madre de Narciso:

-Narciso vivirá hasta ser muy viejo con tal que nunca se conozca a sí mismo.

Era un joven de una hermosura increíble, todas las mujeres suspiraban por él. Pero su principal admiradora era la ninfa Eco, que sólo podía repetir lo que decían los demás por castigo de los dioses por decir cosas que no debía. Una vez que se encontraron Eco corrió a su lado para unirse en un abrazo y Narciso la rechazó con soberbia.

-Moriré antes de yacer contigo.

A pesar de las súplicas de Eco, Narciso partió. Llegó exhausto a un arroyo y se tendió a beber agua; pero vio su imagen reflejada en el agua y se enamoró de ella. Trató de besar a esa persona tan hermosa que divisaba en el reflejo del agua, hasta que comprendió que era él mismo, y permaneció tiempo mirando en el agua esa bella figura de la que estaba enamorado. Qué difícil soportar el tormento de poseer y no poseer al mismo tiempo. Eso lo destruía, aunque lo reconfortaba que ese otro yo le fuera fiel. No lo soportó y se mató, su sangre irrigó la tierra y de ella brotó la flor llamada Narciso.

Aunque en el caso de Arias, no se mataría, y si algún día sucediese por accidente o por cuestiones normales de la edad seguramente no brotará una flor llamada Narciso… vaya uno a saber qué nacerá, una que hable y que ordene a sus pares qué deben hacer. A veces es delicado mirar la paja en el ojo ajeno. Puede ser una flor divertida… mientras no incida de forma “mandadera” en los demás países, y que estos lo hagan por real voluntad soberana.

Cuando en su primer mandato, la informalidad en las mujeres trepaba a cifras del 41%, más que nunca recordaba aquel viejo dibujo de contratapa del semanario “Marcha” hecho por “Jess” (Julio Suárez) en la década del 60, pero que tenía plena vigencia, decía: “El problema es que el gobierno no hace nada… pero si hace algo es peor”.

Y hablando de soberbia. Al decir de Voltaire: “Odio todo lo que dices, pero defiendo a muerte tu derecho a decirlo”. Pero desbordó soberbia con esos desafortunados consejos a otro país hermano, que cayeron pésimamente en todo el sistema político, desde gobierno, oficialismo y oposición, logró algo que muy pocas veces en Uruguay se pongan todos de acuerdo: el rechazo a su intromisión causó molestias generalizadas al unísono.

Recordando aquel tiempo, como gran ejemplo de soberbia, se me pinta a “Talos”, “Dédalos” y a Ícaro como el mismísimo Oscar Arias.

Dédalos era un gran herrero y Talos era su discípulo y que se perfilaba a superarlo inevitablemente; era un hecho inexorable el crecimiento de Talos. Dédalos se puso celoso y lo mató.

Todo se descubrió y Dédalos e Ícaro fueron recluidos. En esa prisión Dédalos pasó sus días buscando la forma de escapar. Hasta que encontró la forma, construyó alas pegadas con cera, para escapar volando.

Dédalos con mucha emoción explicó a Ícaro:

Hijo mío ten cuidado. No vueles a demasiada altura para que no se funda la cera por causa del sol, ni demasiado bajo para que el mar no humedezca las plumas. Sígueme, no tomes rumbo propio.

Dédalos había ayudado a su hijo, sin embargo en pleno vuelo Ícaro desobedeció y tomó rumbo propio, creyó que él podía con todo, el poder estaba en él, trepó y trepó hasta que el sol fundió la cera y cuando Dédalos miró hacia atrás vio como Ícaro se desplomaba en el agua. El gran pecado de Ícaro fue la soberbia. Recibió todo el apoyo de Dédalos, pero se creyó superior y no aceptó los consejos.

Julio César estiraba su mano, como señal de que él era capaz de ver más allá. Hitler vio esa obra teatral y de allí copió el saludo nazi, empero levantó más la mano; su soberbia lo hacía creer que él veía más allá que toda la humanidad.

Ya lo dijo Shakespeare: “El mundo es un escenario y todos los hombres y mujeres sólo actores, ellos tienen sus salidas y sus entradas; cada hombre en su tiempo representa muchos papeles”.
Arias los representó y varios, buenos y malos. Hoy cree estar más allá del bien y del mal como consejero.

Recordemos la reflexión del poeta William Blake:

“Yo no interrogo a mi vista corpórea y vegetativa más de lo que interrogaría a una ventana por el paisaje, Yo miro a través, y no con ella”.

Nuestro cuerpo nos comunica con el mundo, pero de la visión interior que tengamos dependerá de cómo veremos el exterior. Es tan sencillo, estimado lector, no olvidemos y reflexionemos con mente propia, sólo así encontraremos puntos de referencia del universo que nos rodea

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