Terremoto en Chile
flickr.com

Karina Araya, una joven chilena, amante de las letras y de su tierra; nacida en Valparaíso y de cuerpo presente durante en el terrible seísmo que sacudió el país de “cabo a rabo”, ha hecho llegar a QNN, nuestra casa editora, su testimonio y reflexión de los momento que hoy se viven en Chile.

“Morfeo cobijaba a miles de nosotros en sus brazos. Otros volvían después de haber ido a ver a Ricardo Arjona en el Festival de Viña. Aquella noche podía ser para muchos una noche más, normal, igual a todas y ojalá lo hubiera sido. Con el cansancio a “flor de piel”, con ganas de eternizar la noche para no comenzar una vez más la rutina diaria, los chilenos nos enrolábamos en la cotidianeidad como ingenuos pajarillos en sus nidos. Nunca imaginamos que aquella rutina sería abruptamente decapitada.

A las 03:30 de la madrugada del día 27 de Febrero del 2010, los ojos somnolientos de los chilenos se abrían, intentando ordenar, desde la semi-conciencia, los estremecimientos que del que sería el más fuerte terremoto del siglo. No, aquellos movimientos no eran una simple pesadilla, un mal sueño… Era la llamada de una realidad cruda, una fatalidad que tomaría la densidad de una pesadilla que hasta el día de hoy sigue asfixiándonos.

La noche, se tornó de gris para cada uno de los habitantes de la larga y angosta franja de tierra trasandina. El temor aumentaba con cada vidrio roto, con cada cuadro caído, con los sonidos de derrumbe que acompañaron la temible y angustiante danza del que sería uno de los movimientos telúricos más intensos del Siglo.

De forma inmediata los pueblos y las ciudades quedaron incomunicados, completamente desconectadas de lo que sucedía en los lugares aledaños. No obstante en cada sector de Chile, existía la plena certeza de que éste no era un temblor como tantos otros. Los corazones se angustiaron, las miradas reflejaban el temor, el miedo a lo impredecible… La inseguridad provocada por la incertidumbre y por la certeza de saber que no somos nada.

Más de 24 horas tuve que esperar para presenciar atónita y sin alma lo que sucedía en el centro y sur de mi país. (En este punto, procuraré ser objetiva, más tengo el presentimiento de que será imposible abstraerme de la cruda realidad que golpea a aquellas regiones). Las primeras imágenes que observé parecían de ciencia ficción: Las autopistas de Santiago divididas por enormes grietas, puentes y pasarelas en el suelo, edificios partidos en dos… Personas que temerosas preferían dormir a la intemperie, otras que miraban sin poder convencerse, lo que quedaba de sus viviendas…

Mayor fue mi asombro al escuchar las informaciones con respecto al sur (Concepción, Talcahuano, la Isla de Juan Fernández, entre otras ciudades). Imágenes simplemente infernales; el mar se elevó con dos o tres olas que arrasaron con todo lo que encontró a su paso. En los cerros de la localidad se encontraban sus habitantes quienes resignados vieron a la luz de la luna llena, cómo sus viviendas y sus recuerdos eran azotados y llevados al fondo del océano:

Hemos quedado de brazos cruzados, sin nada… Sólo agradecemos el estar vivos, dijo uno de los tantos damnificados dejando escapar el alma por sus labios. Lágrimas cayeron de mis ojos al imaginar la frustración y desesperación que sintieron aquellos seres, al ver años de esfuerzos hechos añicos; todas sus inversiones, sus esfuerzos se dejaban ver convertidas en escombros.

Los especialistas informaron que el epicentro fue Concepción, con una intensidad de 8.8 grados en la escala de Richter. Alejaban toda posibilidad de que lo que ellos consideraban oleajes de gran magnitud fuese producto de un Tsunami. No obstante, al pasar unas horas debieron retractarse: La costa del Sur de Chile fue abatida por una cadena de maremotos que sin lugar a dudas protagonizan las pesadillas de niños, adultos y ancianos.

La situación es problemática, hay caos y aires de revolución en las calles. Intentan tranquilizar a los sobrevivientes, aseverando que sólo se sentirán replicas, las cuales no superaran la intensidad del movimiento telúrico inicial; descartando toda probabilidad de un nuevo tsunami a lo largo del país. Sin embargo, estas palabras no evaporan el dolor y el miedo de los centenares de familias que han quedado desoladas y desprotegidas. Es difícil ahora confiar en los informes que emiten desde la ONEMI puesto que se equivocaron en los primeros anuncios.

Las extremidades de mi cuerpo aún continúan temblando, mi mente no puede pensar en nada más que en este cataclismo y sus consecuencias. Los desastres hacen esto en las poblaciones que los sufren, las impregnan de desgracia, hacen de la experiencia una idea fija, que persigue con imágenes, con sonidos, con las posibilidades de cómo, cuándo y dónde.

Me parece inaudito continuar viviendo como si nada hubiese pasado, me irritan quienes se preocupan tan sólo del bienestar propio, me desespera lo evidente… ¡Chile está sufriendo! Una ola de dolor y desesperación se palpa en todas partes, el miedo se huele en el ambiente.

La mayoría de los lugares no cuenta con suministro eléctrico, ni agua potable; los alimentos son escasos… Las madres deben aparentar fortaleza y seguridad frente a sus hijos, minimizando la magnitud de la tragedia, desesperadas al saber que sus primogénitos están sufriendo hambre, frío y sed.

El caos social a comenzado, supermercados y almacenes han sido saqueados, acción justificada hasta un cierto punto para quiénes sacaban alimentos, leche y pañales. No obstante en estos hurtos justificados, también se han dado acciones humanas deplorables:

Personas bebiendo cerveza en el interior de los supermercados, otros robando aparatos electrodomésticos, televisores de plasma, heladeras y otros enseres que no son de primera necesidad ni mucho menos. Es una vergüenza presenciar cómo parte de la comunidad chilena se aprovecha de la situación.

Los abusos han dejado al desnudo un retroceso en Chile. La propia directora del ONEMI, Carmen Fernández, ha señalado este grado de “aculturación”, de pérdida de los valores más básicos. ¿De qué han servido los progresos económicos en Chile si la población es capaz de llegar este grado de “animalidad”?

En otros lugares los propietarios temen dormir y descuidar sus hogares, por la inminente probabilidad de que les roben lo poco y nada que les ha quedado. Es increíble, pero a pesar de estar todos cubiertos por el mismo manto, hay algunos que continúan pensando en sí mismos, con la venda de la individualidad sobre los ojos y el “estrecho” horizonte que caracteriza al oportunista.

Hasta el momento, el catastro de daños ha dado a conocer 711 muertos, y un sinfín de desaparecidos. Cifra que nadie se atreve a cerrar, pues el paisaje confirma que el número de fallecidos continuará aumentando. Sin lugar a dudas, el país se viste de luto, frente a esta realidad que mantiene los corazones oprimidos.

El territorio “Dónde acaba la tierra” (significado de Chile en Aymara), ha sido marcado por la fuerza de la naturaleza o tal vez, por un alarido de protesta ante la violación permanente de sus ciclos vitales. De cualquier forma, el país, deberá volver a levantarse como lo ha hecho siempre, recuperar la esperanza y la ilusión.

Sin bajar los brazos hemos de esperar que la nueva época de Chile (porque tras el cruel y devastador acontecimiento, se marca un antes y un después) se construya bajo valores como la solidaridad y el compañerismo. Hay entonces, una misión más difícil que reconstruir un Chile con cemento, nuestro país está en suelo en aspectos que tocan la construcción de nuestra sociedad.

Al parecer está faltando una conciencia antisísmica, un atisbo de sabernos “uno”, la identificación con los caídos, la compasión con nuestros hermanos. Debemos edificar mucho más que los edificios que se cayeron y los puentes que se partieron, debemos reconstruir nuestro espíritu de ayuda, aquello que nos caracterizaba como chilenos, la amabilidad, la sensibilidad, la humanidad, cimientos más fuertes, mucho más resistentes que cualquier recurso material.

Sé que podemos comenzar de cero, tengo plena certeza de que los habitantes de mi tierra pueden enfrentarse a la adversidad y superarla. Pero tengamos presente que antes de recuperar lo material, debemos reconstruir nuestra sociedad, procurando ser mejores personas, mejores ciudadanos, mejores compatriotas.

Desde este lugar refugiado por cortinas de cerros, desde este valle que parece un paraíso al compararlo con el resto del país, sólo me queda enviar fuerzas a quiénes están sufriendo más que yo. ¡Vamos Chile!, juntos podremos volver a nacer”.

Puntaje: