Presidente Trump junto a Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas
Presidente Trump junto a Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas

Fue como la crónica de una muerte anunciada. El fracaso de la posición estadounidense con respecto a la situación de la ciudad de Jerusalén se veía venir debido a la férrea oposición de los principales líderes del mundo y a la ola de protestas que sacudieron el medio oriente como reacción a la decisión del presidente Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel.

El viernes 8 de diciembre se llevó a cabo la tan anunciada reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU y, como era de esperarse, la medida del gobierno norteamericano fue rechazada categóricamente, aunque solo la Unión Europea se manifestó al respecto una vez finalizada la cita cumbre: “El estatus de Jerusalén debe ser determinado mediante negociaciones entre israelíes y palestinos que conduzcan a un acuerdo sobre el estatus final”, concluyó una declaración firmada por Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Suecia.

La embajadora de Estados Unidos, Nikki Haley, llegó a la reunión decidida a defender contra viento y marea la decisión de Washington y fue más allá aún al criticar la pasividad de la ONU por resolver un conflicto que lleva más de medio siglo: “Naciones Unidas ha hecho más daño a las posibilidades de una paz en Medio Oriente que hacerlas avanzar”, fueron las palabras de la diplomática norteamericana para quien la medida adoptada por Trump solo ha respondido a la “lógica” y al “sentido común”.

La posición de la embajadora Haley solo fue apoyada por el representante de Israel, Danny Danon para quien la decisión del presidente estadounidense marca un “hito histórico para la paz y el mundo”.

Palabras más, palabras menos, lo que queda claro es que, para la ONU, la situación final de Jerusalén tiene que ser determinada por un proceso de paz entre Palestina e Israel y no por las decisiones abruptas de un país ajeno al pleito.

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