Inseguridad chilena
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A poco más de un mes para que se realicen en Chile las elecciones presidenciales, una de las promesas electorales más recurrentes y transversales por parte de todos los candidatos es la seguridad ciudadana y la lucha contra la delincuencia, ¿pero es esto posible en el contexto actual que vive el país?

Al día de hoy, Chile se proyecta al mundo como un país exitoso, moderno y con una sólida institucionalidad. Un sistema financiero estable, infraestructura y comunicaciones dignas del primer mundo, el ingreso per cápita más alto de la región, tasas de escolarización que superan el 90% y un sistema de salud público equiparable en términos de calidad y tiempos a países como Portugal y España.

Es decir estamos ante un país que bordea el desarrollo y así lo demuestra el hecho de estar ad portas de ser incluido en la OCDE, el exclusivo club de países del primer mundo.

Chile cuenta con fuerzas armadas equipadas con tecnologías de última generación y grandes avances en términos sociales, fruto, estos últimos, de intensas políticas sociales y de la afortunada coyuntura de disponer de ingentes cantidades de dinero, gracias a los altos precios que mantuvo el cobre antes de la actual crisis y que ahora, comienzan nuevamente a remontar. Pero pese a esto, Chile cuenta con un problema social que, por sus características, es sin duda estructural; hablamos pues, de la seguridad, o mejor dicho de la inseguridad ciudadana.

La inseguridad es un tema complejo y su magnitud excede, con mucho, los límites de un somero artículo para un análisis, causas y proyecciones. Incluso la abundante literatura, estudios, encuestas y otra documentación al respecto, elaborada tanto por organismos gubernamentales chilenos, think tanks, sectores opositores y ONG´s como por otros entes es tan extensa, como motivos posibles y fórmulas para resolverla.

La desigualdad, la concentración de la riqueza, la exclusión social, las políticas de urbanismo, la falta de oportunidades, la deserción escolar, los bajos salarios, las drogas, el embarazo adolescente...

Posiblemente todos estos factores son caldo de cultivo para unos índices de delincuencia que se mantienen año tras año y cuyos protagonistas cada vez más son menores de edad

Y así lo demuestran los índices de victimización y de delincuencia, robos, asaltos y otros hechos violentos que se mantienen casi invariables año tras año, pese a que, tal como lo reconoce The Economist Intelligence Unit, Santiago de Chile, donde reside el 40% de la población total del país, es la segunda mejor ciudad de Latinoamérica para vivir.

¿Por qué prácticamente se mantienen estos índices año tras año si dentro del profundo proceso de modernización chileno se ha acometido una profunda y necesaria reforma al sistema judicial, se han construido más cárceles, se han reforzado las políticas sociales y de ayuda directa a los sectores más desfavorecidos y la inversión en educación, si bien aún está a años luz de los países realmente desarrollados, no deja de incrementarse?

A mi juicio estamos ante un problema estructural; es decir una realidad que forma parte de la sociedad, posiblemente uno de los tantos costos que debe asumir una sociedad que crece y evoluciona.

Y no se trata ni de más recursos, ni mejores políticas, ni de más cárceles, ni más colegios; también es un problema estructural, porque radica en la estructura de la sociedad, cómo está construida, en qué valores se basa y cuál es el concepto del éxito. Ahí radica el problema.

Chile ha construido un modelo de sociedad abierta, individualista y exitista, en la que predominan –como en todo el mundo- modelos y conductas asociadas al consumo y a tener más que el otro como indicativo de desarrollo personal y le ha funcionado. En términos generales y de percepción tanto interna como externa, Chile es un país exitoso.

La inseguridad ciudadana y la delincuencia son problemas estructurales y aparece como parte de los costos asociados a la construcción de este tipo de sociedad, donde la desigualdad viene marcada por la cuna y los orígenes, pero no sólo en términos macroeconómicos ni de oportunidades, ya que hay excepciones –y muchas- que confirman la norma, el problema es cultural. Es una gran cantidad de personas que con paciente resignación y un sentido de castas más propio de la India que de Latinoamérica asumen y viven su destino, esto sumado a un sistema que, gracias a la publicidad y a las tarjetas de grandes tiendas, venden la vida a crédito fácil y que muchos de ellos trabajan 12 horas diarias para malvivir con unos ingresos mínimos.

Este es el precio del éxito para la sociedad chilena, una delincuencia estructural identificada en un gran grupo de seres humanos calificados como daños colaterales, cuantificables, asumibles y necesarios. ¿Hay acaso alguna receta mejor?