Todo ser humano es potencialmente una víctima o un victimario. La fragilidad del equilibrio vital del ser humano es la causa primera que hace posible la supresión de la vida de seres a manos de sus semejantes. El homicidio es entonces, desde esta perspectiva, un elemento permanente en la carrera evolutiva del hombre, identificado como negativo para el orden social y penado por muchas leyes desde la Antigua Babilonia, en los despertares de la conciencia humana, hasta hoy, en la era del microchip.

La lenta evolución de las sociedades va inventando formas de orden, control y seguridad donde entre otras cosas se regula el castigo para los trasgresores de este crimen capital que encabeza la lista de delitos universalmente reconocidos como tales: El homicidio.

Pero, afortunadamente desde hace tiempo, la legislación en esta materia establece que debe demostrarse la autoría de cualquier delito mediante pruebas suficientes que incriminen al sospechoso antes de someterlo a una condena; tal pesquisa puede llevar a una acusación que conduce a su vez a un juicio donde fiscal y defensor convencerán, mediante pruebas y argumentos a un jurado, todo ello delante del juez que entienda en la causa, que absolverá o sentenciará al acusado.

Así, como un desastre natural o una epidemia hace más daño en las poblaciones menos adineradas, de la misma forma, la posición económica y social del sospechoso es una determinante, bastante inmoral por cierto, en la rápida aclaración del caso o en la impunidad del verdadero criminal.

No hablemos de los genocidios donde los crímenes son ya incontables. En la mayoría de estos
casos, los responsables no sólo son absueltos sino que además venerados como conquistadores.

Pero sin llegar al extremo de proponerlo como una regla trataré de fundamentar, en este breve desarrollo, porqué los asesinos múltiples tienen mayor posibilidad de existir en ámbitos de mayor solvencia e influencia social. Así también puede decirse que, otras formas brutales de violencia, son más corrientes en las clases empobrecidas por motivos relacionados a su miserable condición.

Atraparlos… ¿No pueden o no quieren?

El primer filtro que favorece a los privilegiados tiene que ver con un prejuicio, una estadística policial y una costumbre muy popular: Se desconfía primero de un “harapiento” que de un señor bien vestido. Tal vez porque un burgués no necesite robar a mano armada para poder comer ni violar la ventana de un almacén para sacar fideos.

La miseria y la ignorancia suelen ser constantes presentes en determinadas áreas del delito como el robo, el contrabando, la violencia doméstica, la prostitución infantil y otras prohibiciones donde incide la superpoblación habitacional, la escasez de recursos educativos y las ansias de querer y no poder adquirir artículos de consumo en un mercado que se “marketingnea” jugando con la tentación.

También los crímenes pasionales o temperamentales cometidos en el contexto del inmigrante se derivan de las presiones sociales que llevan al “desarraigado” a límites de estrés intolerables donde es fácil perder la razón.

Los homicidios múltiples pueden ser resultado de un ataque explosivo de destrucción, como el oficinista que dispara un arma de repetición sobre sus colegas de trabajo o el estudiante que dispara a quemarropa a sus compañeros de clase. Pero no es este el caso que vamos a revisar ahora. Lo que interesa aquí es el asesinato masivo pero secuencial, sin un autor identificado, que se repite con lapsos más o menos regulares de tiempo entre muerte y muerte.

Son estos crímenes seriales y cíclicos los que advierto están especialmente vinculados a las clases pudientes porque es precisamente en esos múltiples “descansos” del “matador” donde las pesquisas policiales, por lógica, llevarían al autor. Pero cuando los cadáveres siguen apareciendo y el asunto queda “patinando” en un punto muerto de la investigación…

…¡Cuidado! La mano del dinero está tocando piezas en el tablero. Es muy probable que un maníaco este “atrincherado” en las cumbres de la protección burguesa.

Jack, el célebre “Destripador” de Whitechapel

Entre los asesinos seriales más famosos del mundo podemos citar al jamás descubierto Jack “el Destripador” convertido hoy en una leyenda de misterio. Han pasado más de cien años y el enigma continúa.

No fueron tantas sus víctimas: 5 confirmadas, aunque hay dos casos anteriores que podrían estar vinculados con él. La brutalidad de sus quehaceres homicidas guardaban patrones que lo definieron como un homicida ritualista. Aunque se contempla la posibilidad de que los indicios que llevaron a estas conclusiones hayan sido puestos a propósito para despistar.

Jack, era un seudónimo. Sólo se deduce de él que era un personaje con conocimientos anatómicos y con relaciones poderosas en su época. Su fama, ambientada en el Londres todavía romántico, se inició en uno de los barrios que, por el año 1988 contenía una elevada proporción de marginales, en Whitechapel, centro de delincuencia juvenil y prostitución.

Lo que lo convirtió en el homicida más famoso del mundo fue principalmente la impunidad de sus crímenes jamás resueltos así como el desparpajo con que el asesino se comunicaba con la policía, invitándola a atraparlo, dejándole rastros y burlándose repetidamente de afamados detectives e investigadores venidos de todas partes del mundo.

Se lo ha eternizado a través del cine y la televisión llegándonos, por medio de las descripciones de testigos circunstanciales, su tétrico perfil y escenario: El cuadro se desdibuja en la penumbra de las madrugadas londinenses, en esas callejuelas tristes, bajo una persistente llovizna. Hay una figura, siempre de espaldas, es la silueta de un hombre cercano a los 30 años, con una capa y un sombrero, una sombra sin nombre ni apellido pero que pese a la timidez que sugiere su anonimato se hace conocer hasta el extremo de participarnos su obsesión bestial.

Se supo que “el destripador” odiaba profundamente a “ciertas mujeres”, según lo expresado por él mismo en las misivas que dejaba en el contexto de sus cacerías. Este rencor lo patentizó en la decapitación, degollamiento, extirpación de órganos desaparecidos y otros signos de sangre con que “Jack” segó la vida y se ensañó en la muerte de cinco mujeres de mediana edad, entre 35 y 45 años, prostitutas callejeras, la mayoría de ellas.

Una de las características de este “depredador” era que manejaba o un bisturí o una cuchilla de carnicero muy filosa, debido al corte limpio y perfecto con que realizaba sus secciones al extirpar órganos con total precisión. Esto llevó a Scotland Yard a deducir que el asesino era cirujano o carnicero porque además de poseer herramientas de gran precisión, demostraba conocimiento de las coyunturas y de la disposición interna de los órganos.

Pese al enorme despliegue policial se siguió criticando la inoperancia de la policía para atrapar al psicópata cuya amenaza causaba ya una histeria colectiva en los albores del siglo XX. En el año 1892, luego del crimen más violento, el asesino suspendió las cartas a la policía y los crímenes repentinamente.

Jack, el Destripador, desapareció de la escena para siempre

Se ha especulado mucho respecto a las razones que “dificultaron” su captura. Sin embargo, es muy probable que Jack, el Destripador haya pertenecido a la aristocracia inglesa donde los intereses de la corona estuvieron comprometidos por algún secreto conocido en los bajos ambientes de la capital del Reino Unido.

Se comprendería de esta forma el fracaso de los mejores investigadores en el caso porque sería un fracaso “comprado”, la renuncia a mostrar la verdad por una cuestión que involucraba al poder contrastando la influencia de los ricos frente a la “insignificancia política” de los marginales, especialmente cuando las víctimas eran “trabajadoras sexuales” que se ofrecían en las callejuelas de Whitechapel.

Ver parte II de Asesinos seriales

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