La religiosidad humana
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Una mirada por el mundo actual deja muy claro que, lejos de desaparecer, la gama de religiones se ha diversificado, tomando diferentes disfraces o camuflajes y hasta ha osado estirarse hasta los dominios del ateismo, donde gusta llamar dios, a la ciencia, cuya misión busca, paradójicamente, salvar al mundo del engaño del “castigo” y de la “farsa” de la “salvación” que el modelo religioso predica.

La idea religiosa pretende “religar”, en un Ser mayor, los fragmentos de vida dispersos por el mundo, las almas olvidadas de su origen divino que pugnan entre sí compitiendo y diferenciándose.

La mayoría de los investigadores que se han interesado por la evolución humana han coincidido al reconocer, en el hombre primitivo, un salto repentino hacia el dominio del lenguaje y, en simultáneo, un progreso en el “modelo explicativo del mundo”.

En este sentido se percibe que es en el olvido mismo de lo que “se es” donde se encuentra la semilla de la búsqueda, en la incertidumbre, en las incómodas descargas del miedo, allí es donde anida el deseo de superar la incógnita.

En los albores intelectuales del hombre están sentadas las bases de pensamiento religioso, tan inherente al raciocinio que, al homo sapiens sapiens debería llamárselo “homo religiosus”, en tanto comprende el universo como un asombroso rompecabezas cuyas piezas deben reunirse en una imagen coherente.

Se puede llegar a una definición más estricta del término en tanto se considera “religión” un dogma que ha acogido, en su seno, a un número mínimo de fieles que sobrepasa los 50 mil. Como todo pensamiento teológico se yergue en un contexto ya impregnado de ideas previas, sean de otra religión anterior o de mitos que pululan en el aire circundante, en las fases iniciales.

Toda religión fue secta. Es decir, asomó como un desprendimiento de otra idea dominante

Para dar ejemplos concretos sigamos el recorrido regresivo, por el sinuoso camino que antecede a la aparición de alguna religión relativamente moderna: El protestantismo.

La Iglesia Protestante adquirió este nombre debido a las marchas de protesta que realizaron en repudio contra la Iglesia Católica Apostólica Romana que solía vender “parcelas” en el cielo e indultos a los pecadores que podían pagar su “absolución”.

Las primeras aproximaciones a la religión devienen del animismo. Esta forma arcaica y característica de los pueblos de neolítico concedía espíritu y entidad divina a los elementos de la naturaleza y sobre todo al sol.

Esta devoción por el astro rey está plenamente justificada si se comprende la vida planetaria como un préstamo de la luz solar que desencadena todos los procesos biológicos que se operan en el ecosistema. Muchas culturas más o menos próximas a nuestra era rindieron culto al sol que adquirió nombres como Ra, en el Antiguo Egipto, Inti, en la cultura Inca, Helios, para los griegos y entre los aztecas llamaron Tetzcalipoca al sol rojo.

Claro que había muchos otros dioses junto a la divinidad solar en tanto la religión primitiva era predominantemente politeísta. Sin embargo la transformación hacia el monoteísmo no se hizo esperar: En Egipto el Faraón Akenatón reunió el culto en un solo Dios: Atón, representado por el refulgente cuerpo solar.

La reunión de los dioses y sus facultades en un solo Dios demostró una evolución filosófica en tanto la existencia de muchos dioses limitaba el poder de cada deidad frente a los otros dioses. Sin duda, las figuras mitológicas del politeísmo, eran demasiado antropomórficas y veleidosas, se parecían demasiado a las personas y hasta eran vulnerables al ataque de dioses más fuertes.

La dinámica de los rituales y sacrificios son también reflejo de esta exaltación del hombre y humanización de los dioses. Ya lo decía el sofista Jenófanes: “si los bueyes pintaran pintarían a los dioses con cuerpo de buey” por lo que se deduce que es difícil imaginar un ser superior sin contaminarlo con nuestra propia imagen.

En la actualidad persisten las religiones monoteístas arraigadas a una idea de pecado y salvación, de creación y fin del mundo, de misión evangelizadora que pretende el cambio de actitud y la conversión al credo correspondiente.

Mil años de Medioevo y de religiosidad extrema ocasionaron un retraso considerable en la cabal explicación de los fenómenos físicos y psíquicos. Por otra parte ningún estímulo ha provocado tantas guerras e invasiones como el fervor religioso.

Adversarios, pese a sus raíces comunes, cristianos y mahometanos, hindúes y budistas, etc. olvidan muchas veces sus grandes coincidencias y la misión encomendad por sus profetas arremetiendo unos contra otros, dejando el mensaje divino suspendido en el absurdo

Si bien al deseo de entender el mundo es una inquietud justificada y noble, los modelos teológicos como respuesta a las preguntas del espíritu y del intelecto, no son más que intentos fallidos que emanan de una mística profunda e inherente al ser humano, una intuición kantiana de algo que nos contiene y que no alcanzamos a comprender.