Los medios de comunicación de masas, cual león hambriento, recién empieza a relamer sus garras. Éstos, quienes alientan una actitud acrítica, razonan por nosotros, surgen intencionalmente desde lo bajo para digitar desde arriba nuestros pensamientos. Nos dicen qué es lo bueno y qué es lo malo.

En este momento, más que nunca, debemos apelar a la mayéutica socrática. Sócrates fue un filósofo griego (Philosophia, amor a la sabiduría) que vivió en Atenas del 470 AC al 399 AC. La mayéutica se comparaba con el arte que ejerció su madre, que era partera, porque a través de la dialéctica trataba de llevar a un interlocutor a alumbrar la verdad. Sócrates no trasmitía sus ideas; a través del primer paso, la “ironía”, hacía una pregunta fingiendo saber menos, una vez respondida su pregunta iba refutando esos conceptos continuadamente haciendo que el interlocutor llegara a sentirse confundido. Hasta que en determinado momento, al reflexionar, se daba cuenta que los conceptos que creía tener claros no eran en realidad tal cosa.

Los juicios que tenía eran pre-juicios. El primer paso para alcanzar el conocimiento es la aceptación de nuestra propia ignorancia. Y ahí nos lanzamos al camino de la búsqueda de la verdad. Pero la verdad está en nuestro interior y somos nosotros mismos quienes tenemos que encontrarla. Sócrates no nos enseñaba ningún camino, la verdad está en nuestro interior, sólo debemos pensar con cabeza propia, razonar, reflexionar.

Esa llegará a ser nuestra máxima virtud. Virtud viene de la acepción latina “vir”, de virilidad, fuerza, excelencia. Por lo tanto la virtud es la que nos da fuerza ante la debilidad, aumenta nuestra fortaleza y capacidad de llegar al camino de la felicidad. Esa utopía que es el sueño anhelado del ser humano. U-topía, del latín: “lugar que no está en ninguna parte”; no está en ninguna parte exterior, está en nuestra alma y es la que nos fortalece en el camino que transitamos.

Esa búsqueda podemos lograrla dialogando (diá-logo conversación entre dos o más personas con lógica). Aunque cuando hablan dos personas están hablando seis: Tu y yo; la persona que yo creo que soy y la persona que tu crees que eres; y la persona que yo creo que eres y la persona que tu crees que soy yo.

En definitiva, la mayéutica es el método de carácter inductivo que se basa en la dialéctica, que supone la idea que la verdad está oculta en la mente de cada ser humano. Y del inicio, en la etapa de la “ironía” es que sale de Sócrates “sólo sé que nada sé”.

Murió a los 70 años aceptando sin sobresaltos una condena que consistía en la muerte bebiendo cicuta. Lo juzgó un dudoso tribunal, del que Sócrates durante el juicio hasta llegó a burlarse, ya que dejó plenamente probada su total y absoluta inocencia. Pudo perfectamente eludir la pena desdiciéndose de sus dichos. Pero estaba convencido de su accionar y, aunque dejó evidenciada la injusticia, si un tribunal –por más dudoso y carencia de atributos que tuviese- consideraba que eso era lo que indicaba la ley, Sócrates prefirió acatar la ley de la ciudad, a pesar de la injusticia que se cometía, pues consideraba que peor sería la ausencia de la ley. Además, el ideal de Sócrates fue que si se cometía una injusticia prefería estar en el lugar de la víctima. Pues la víctima padece la injusticia, y el ejecutor, se convierte en injusto.

Llegar a esa luz que nos haga pensar con cerebro propio es lo que Nietzsche nos decía en que al separarnos de la tribu (seguir un camino propio) podríamos sentirnos a veces solos y asustados, “pero no hay mayor privilegio, que el privilegio de ser uno mismo”, “Las verdades que se silencian terminan volviéndose venenosas. ¡Rompamos todo lo que podamos romper de nuestras verdades! Hay todavía mucho por edificar”.

Muchas veces los recatados y los medios nos invitan a pensar en el “bien común”, ¿pero qué es el bien común? Ya que Nietzsche mismo nos lo hace reflexionar, “Bueno, ya no es bueno cuando el vecino toma esa palabra en su boca. ¿Y cómo podría existir el bien común? La expresión se contradice a sí misma: Lo que puede ser común tiene siempre poco valor”. Si es común no es bien. Y si es bueno no es común. No existe bien común. Sólo que Nietzsche anhelaba que todos pensáramos con cabeza propia y cada uno a través de su propio bien llegara a comunicarse con sus semejantes formando de esa manera una humanidad. Pero cuando hablamos de bien, hablamos de pensamiento. No del ser bueno. Porque todos podemos ser buenos, y serlo con los demás sin buscar réditos personales ya es una buena forma de accionar. Pero al decir de Voltaire, “ser bueno con uno mismo es ser bueno para nada”.

Si esa luz, de la que hablábamos en la mayéutica socrática, nos llega a iluminar en esa búsqueda, ya daremos un gran paso. Y seamos todos concientes de los tiempos. Que los tiempos pasan, como pasan las oportunidades, y éstas se vuelven ríos de tiempo desperdiciado; ya que “nunca podremos bañarnos dos veces en el mismo río, porque ni el agua será la misma ni el hombre será el mismo”, al decir de Heráclito.

El tiempo vale y por eso esta invitación a razonar. Como reflexionaba Martín Heidegger: “¿Qué es el tiempo? se ha convertido en: ¿quién es el tiempo? Más precisamente: ¿somos nosotros mismos el tiempo? O aún con mayor precisión: ¿Soy yo mi tiempo?”

El tiempo es irrefutable y es una premonición de que pasa y está en nosotros saber aprovecharlo. El propio Jorge Luis Borges intentó refutarlo, y obviamente no pudo y llega a la brillante conclusión:

“El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

Estar hechos de tiempo, es estar abocados a la inexorable llegada de la muerte, a reconocer que es el tiempo el que pasa y que es parte del ciclo. El tiempo no lo dominamos, pero podemos utilizarlo de la mejor forma posible, como la lucha de un ideal, la perduración de una idea, una semilla plantada para recoger frutos en el futuro. Aunque no estemos, el fruto de nuestras ideas perdura y simbólicamente vencerá al tiempo.

Semilla: Necesitarás del fuego para que queme la mala hierba; del agua para purificarte y que puedas ver la luz por sobre la tierra y tus raíces se hundan en lo más profundo de las oscuridades de la tierra, aferrándose en lo que son nuestros temores; pero la oscuridad es tu fortaleza porque conoces el camino; y necesitarás del aire para oxigenarte. Cuan sabio es tu viaje por esta vida.

Es importante con mente clara, hacer relucir nuestra verdad y empuñarla y luchar por ella. Aunque tenemos claro que no existe una verdad absoluta, que al decir de Vargas Llosa “el criterio de la verdad es haberla fabricado”. Pero a partir de nuestra honesta e intelectual búsqueda. Recordemos que en “el Infierno” de Dante, los más castigados eran aquellos que nunca habían luchado por nada. Estaban condenados a deambular de un lado a otro picados por avispones y empuñando una bandera, esa bandera que significaba el ideal por el que jamás habían luchado.

Como decía el poeta Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse”.

Es importante saber la historia, porque de no reconocerla se puede estar condenado a repetir los mismos errores. Pero no es menos cierto que los países como los grandes hombres no necesitan saber de dónde vienen –como decía José Ingenieros- sino a dónde van.

Parece dura la piedra, sin embargo observo y millones de gotas la han erosionado. Parece dura, sin embargo la mala hierba puede generar grietas.

Veo sombras, y tengo la certeza de no estar solo. Veo sombras y me ayudan a comprender que hay que pulir la piedra en la búsqueda del eterno conocimiento; sombras ayudadme a no detenerme; pues si un día lo hago, habré pecado de soberbia.

Que las campañas electorales no nos confundan, la verdad está en nuestro interior, es un tesoro inalienable y será una opción personal esa búsqueda. No es difícil, sólo requiere pensar y reflexionar. Somos libres, y responsables de nuestra libertad

Estimulemos nuestro pensamiento; miremos alto, veremos qué miran otros ojos. Oíd alto, escucharemos qué escuchan otros oídos, latid alto, sabremos que palpita otra sangre. Y en ese impulso de reflexión, de meditación, de decisiones escucho la fuerza de Rafael Alberti:

¡A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;

Que es nadie la muerte si va en tu montura.

Galopa, caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la

tierra es tuya.

¡A galopar, a galopar, hasta enterrarnos en el mar!