Guantanamo
flickr.com

El último término que me recuerda la Base Naval de Guantánamo es TORTURA. Propiedad ilegal de los Estados Unidos de Norteamérica en Cuba gracias a un Apéndice de la Constitución de 1902 derogado en la década del 30, sus 117,6 kilómetros de extensión y 49,4 de tierra firme guardan anhelos de libertad, sueños raídos en la indiferencia, y un suelo calado por la desesperación.

Con el resto del mundo nos enteramos muchos cubanos de lo que allí pasaba. Recuerdo un documental que humedeció de vergüenza y lágrimas mi rostro al ver testimonios inéditos de quienes allí estuvieron.

Desaparecidos sin dejar rastro, esfumados de la vida, víctimas del saqueo a Afganistán e Irak para “exterminar el terrorismo”, ese que hizo a un gobierno tumbarse dos torres, llorar aviones vacíos y autoatacar discretamente el Pentágono para convocar a una guerra que no tenía justificación.

Hoy Obama, a un año de mandato, todavía no cierra Guantánamo. La nueva excusa es miedo de trasladar esos presos a territorio de la Unión y que cobren venganza por lo que le han hecho. Vuelven a vender temor a los estadounidenses, nuevamente son las víctimas, y ¿cómo les pagamos tanta humillación, tanto desgarro del alma a los secuestrados?

¿Qué pensaríamos de Hitler, de haber continuado vivo, si hubiese extendido la fecha de cierre de los campos de concentración?

Ahora se buscan lugares de traslado, se resuelve uno que otro caso, el mundo sabe parte de la verdad y Obama muestra actitud solícita para acabar, pero no acaba.

Dicen que la violencia ha empeorado. La verdad no sabemos, estamos a ciegas porque ahora no se quiere abrir al mundo la Caja de Pandora. Hace apenas unos años:

"A menos de 600 kilómetros de donde duermo todas las noches, hay un hombre que no concilia un amanecer. Nadie sabe dónde está, nadie vendrá a buscarle. Le vendieron en su país por 5 mil o 25 mil dólares, la recompensa que ofrecía USA por todo el que pareciera extremista árabe.

Le exigen información terrorista, y jura no saber nada. Le golpean y vuelve a jurar. Una música de rock estridente acompaña lo que debería ser una velada de sueño, y se queja con desespero. Un llanto del bebé le agobia 24 horas y llora, sin lágrimas, mientras araña el suelo con la uñas y alterna su crisis con fuertes agarres del pelo.

Con el tiempo llora, pide clemencia, no sabe nada, y le obsequian una golpiza que atonta pero no quiebra huesos donde paredes y suelos se acolchonan. Solo hay dolor y ojos que suplican lástima.

El agua rueda sobre su cabeza ininterrumpidamente, “aahhggll, aahhggll” y algo que semeja un chapoteo angustioso son los sonidos que se escuchan de él. Es persistente el ruido y solo cesa cuando ahogarle es inminente.

Un vómito final luego de la más larga aspiración, e indiferencia en los ojos. “Soy culpable de todo y más. Soy Bin Laden, no, mejor Hitler, y volaré Notredame”.

Habrá cientos de “próxima vez”, con él o con otros de los que le acompañan. Se trata de experimentos y técnicas de lavado de cerebro para futuras guerras y saqueos.”

No buscan información, aspiran quebrar voluntades y crear el automatismo de confesar cualquier cosa. Una mentira que parezca verdad, que justifique la guerra, los crímenes y el enriquecimiento de muchos con el 11 de septiembre. Hacer que alguien declare con tal convicción, en público, sin jaulas ni presión, lo que nunca soñó hacer. La historia inventada por otros.

Hasta el vómito se recoge, se pesa y analiza para evaluar el gasto energía y agotamiento provocado. Es algo enfermizo y rayano en la degeneración humana.

Si cierran Guantánamo se sabrá lo que allí se hizo. Están en todo el derecho de denunciarlo, de gritarlo, de sacarse toda la rabia de dentro o guardársela aquellos que están vacíos.

¿Cuántos años perdidos? ¿Cuántos sentimientos se vividos y disipados allí? La duda constante de los propios pensamientos, la búsqueda desesperada en la mente de algo para decir, para acabar con el dolor y la angustia, y con la seguridad enfermiza de soldados que creen que al cumplir con el “deber”, son ellos los buenos y los demás los malos.

Los métodos no son nuevos. Sigue siendo el negocio de unos vivos que cultivan la muerte en el nombre de Dios, la Democracia y la Familia. Es la “justicia” que no quiero en mi universo. Desconozco y aspiro a que sea la que tampoco quiera usted.

Puntaje: