Poco tiempo atrás fue publicada en Revista Democracia una muy interesante e ilustrativa nota de Gunther Ketterer en la que hacía referencia a los masones y otras sociedades secretas.

No obstante, hay algún punto en el cual fraternalmente discrepo con mi estimado compañero de tareas. Asimismo, por razones de espacio, dejo para otra ocasión los detalles acerca de los orígenes de la institución: el aspecto esotérico, las comunidades místicas, las escuelas filosóficas como la pitagórica, platónica, alejandrina; la Cábala hebrea, Alquimia y Hermetismo; Templarios y Rosacruces, entre otros.

Hace referencia a: “profanos (forma despectiva de llamar a todo el resto que no conoce lo que ellos sí conocen), no tienen acceso… por lo que desde ese punto es secreta”.

Esta referencia, si bien era a los Templarios, es igual a la utilizada por la masonería. Bajo ningún punto de vista puede llamarse “despectiva” en cuanto los masones viven en el mundo profano o profanado. Sus integrantes, simbólicamente mueren en un mundo profano para renacer en el mundo masónico; pero conviven en el mundo profano y es en este que día a día pulen la piedra en la búsqueda de la verdad individual, para ser mejores personas e influir en la sociedad aportando constructivamente para el bienestar de la misma. En esta muerte simbólica “es preciso resignarse a morir en una cueva oscura para renacer en la luz y la claridad. Igual que Saturno poda el árbol para que se rejuvenezca, Shiva transforma los seres, destruyendo su forma sin aniquilar su fundamento. La muerte es la suprema liberación, simboliza la transformación de todas las cosas, la marcha de la evolución.”(1)

En la nota refiere a que “La filosofía de vida de los masones es bastante lógica, y no obedece a ningún otro condicionamiento que no sea la propia historia. Estos libres pensadores sostienen que no vale la pena entrometerse en el campo de la religión, sino más bien consideran la existencia del llamado G.A.D.U., o lo que es lo mismo decir “Gran Arquitecto del Universo”, quien es una fuerza superior que rige y ordena la existencia de todo, por lo que de inmediato entendemos es el equivalente a Jehová, Dios o como quiera que le llamen las distintas religiones en el mundo”.

La masonería es una asociación universal, iniciática, científica, filosófica y progresista de todos los seres humanos que pueblan la tierra, unidos por el vínculo de solidaridad, procedente de los principios de amor a la humanidad y a la verdad.

En ella se estimula y practica el estudio de la moral, de las ciencias y de las artes, para mejorar la condición social del hombre, por todos los medios lícitos y especialmente por la instrucción, el trabajo y la abnegación. La tolerancia, ejercida para hacer más sólidos los lazos de unión entre los semejantes, extinguiendo los antagonismos de nacionalidad, de opinión, de razas y de intereses. El librepensamiento, sin menoscabo de ninguna idea, para evidenciar que es el raciocinio humano el que rige los destinos del mundo.

La masonería reconoce la existencia de un principio creador, superior, ideal y único, cuya interpretación es personal y absolutamente libre para cada hombre.

La idea de un único y común origen de los hombres es el fundamento en que se basan los conceptos sociales de libertad, igualdad y fraternidad, y consecuentemente con ellos el derecho de los pueblos de ser libres y gobernados democráticamente.

Para la Masonería, todas las creencias son diferentes facetas de la verdad que se encuentra detrás o bajo la superficie de ella. La búsqueda de la verdad es la realidad profunda que se oculta bajo la apariencia exterior de las cosas.

Pero sí tiene que existir creencia. La Masonería es religión; siguiendo estrictamente el sentido etimológico de la palabra, religión es: “Obligación de conciencia, cumplimiento de un deber. Conjunto de creencias, mitos o dogmas acerca de la Divinidad y prácticas rituales para darle culto”.

Creer es parte del camino en esa búsqueda; lo cual no necesariamente implique creer en un Dios. Como librepensadores son tolerantes y fraternalmente respetan las diferentes creencias. El ateo niega la existencia de toda creencia. Lo cual es absolutamente diferente a ser agnóstico, cuya doctrina filosófica declara inaccesible al entendimiento humano toda noción de lo absoluto.

Las constituciones de Anderson son el inicio de la masonería especulativa, y en ellas queda claramente marcado que el masón está obligado, por vocación, a practicar la moral y si comprende bien el arte, nunca se convertirá en un "estúpido ateo, ni en un libertino irreligioso". Es menester resaltar que el término “estúpido” es en referencia a los metales que no se fusionan entre sí (ej: el ateo nunca logrará la simbólica transmutación del plomo al oro)

Por tanto es rotundamente inviable creer que para los masones (albañiles) “no vale la pena entrometerse en religión” cuando la esencia del culto masónico es religión. Existe respeto y tolerancia de credos, por tal motivo es que el Gran Arquitecto Del Universo (G.A.D.U) es libremente para cada masón la fe en la cual cree; punto de referencia para esculpir la piedra. Son el hombre que ven simbolizado en el Oriente, esculpiéndose a sí mismo con martillo y cincel.

Sabiendo que se es por fuera lo que es y se hace por dentro, deberán ver en otros seres manifestaciones del mismo principio; de este reconocimiento brota como consecuencia necesaria cuál ha de ser sus deberes hacia la humanidad, que no puede ser otra cosa que la fraternidad.

El G.A.D.U tiene su origen en la alegoría que trata sobre la construcción del templo del rey Salomón, la presencia del arquitecto Hiram-Abif es fundamental: “El rey Salomón, puesto que deseaba edificar un templo inmenso a la gloria de Dios y concretar el proyecto de su padre David, recurrió a numerosos obreros que fueron colocados bajo la dirección del maestro arquitecto Hiram-Abif. Éste toma conocimiento de los planos trazados por la propia mano de Dios y organiza el trabajo con mucho rigor. (…) Tres compañeros corroídos por la ambición contra maese Hiram. Están decididos a arrancarle la “palabra de maestro” creyendo, en su ingenuidad, que bastará con hacer que les acepten en el grado superior. Cierta noche, acechan la llegada de maese Hiram que procede a la última inspección de la obra antes de descansar. Hiram entra por la puerta de mediodía. Allí topa con su primer compañero: “¿Qué haces en este lugar?”, pregunta el maestro. “Admitidme entre los maestros- responde el compañero”. “Soy lo bastante sabio y merezco este ascenso”. “Es imposible”, le responde Hiram: “son los maestros que conceden y no los compañeros quienes exigen”. “No pasareis hasta que no hayáis dado la palabra de maestro, de buen grado o por la fuerza”, prosigue el compañero.

Cuando Hiram intenta convencerlo de que tales amenazas son inútiles, el otro le asesta un golpe con la regla en el hombro. Herido, Hiram intenta huir y corre hacia la puerta del norte donde le aguarda el segundo compañero, que le da un golpe de tenaza en la nuca. Tambaleándose, Hiram intenta salir por la puerta de oriente. El tercer compañero le pide por última vez la palabra de maestro; ante la negativa de Hiram, es presa de una violenta cólera y lo mata de un mazazo en la frente.

Los tres compañeros deciden ocultar su fechoría y entierran el cadáver del maestro en un altozano, cerca del templo. Salomón se preocupa por la ausencia de su maestro de obra y manda nueve maestros en su búsqueda; tres parten hacia mediodía, tres hacia el norte, tres hacia oriente. Estos últimos advierten la tierra recién removida y descubren el cadáver de Hiram; los demás se les reúnen muy pronto y todos lamentan la muerte del venerado arquitecto. Pero la construcción del templo debe proseguir para respetar el deseo de Hiram; los maestros plantan una acacia (2) en la tumba y cambian la palabra secreta que da acceso a su grado.

Salomón queda consternado cuando sabe la noticia. Los maestros le aseguran que la ciencia de Hiram no se ha perdido y que sus discípulos sabrán proseguir su obra. El rey ruega a los albañiles que vayan a buscar el cuerpo y procedan a unos funerales dignos del difunto arquitecto. Los albañiles llevaron en adelante guantes blancos para probar que no participaron en el crimen y que su espíritu busca eternamente la mayor pureza.
La tumba de maese Hiram tenía tres pies de ancho y cinco de profundidad y siete de longitud. En su interior se habían excavado tres fosas, una para el cadáver, otra para el bastón, la tercera para las vestiduras. Sobre el sepulcro, Salomón hizo grabar un triángulo de oro con esta inscripción: A La Gloria Del Gran Arquitecto Del Universo”.(3)


(1) Interpretación de Oswald Wirth , 1927, citado por Cirlot en el “Diccionario de Símbolos”.
(2) En la mitología griega, cuando fallece Osiris, Isis guiada por Hermes planta una acacia en la tumba para revivirlo. Es la que hoy conocemos como “Acacia de Persia”
(3) Jacq Christian, “La Masonería- Historia e Iniciación”. Madrid 2006.