Física Cuántica
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Todas las ciencias, debido a las características del método científico, se han apoyado sustancialmente en las matemáticas y, de forma particular, en la física. No es una excepción a esta regla el propio desarrollo de la sociología máxime si su fundador, Augusto Comte, fue a su vez quien propugnara la filosofía positiva que propone el camino científico como la única alternativa válida para el desarrollo social.

Desde su emergencia reciente, en el siglo XVIII, las llamadas estrictamente ciencias, se han adosado al modelo hipotético y empírico propio de los investigadores de la materia.

Si bien el positivismo científico tuvo antecedentes en el quehacer de los sabios
griegos, la sistematización con todas sus implicancias no apareció sino hasta la publicación de Principios Matemáticos de la Filosofía Natural (1687), obra fundamental de Isaac Newton en la que postula la Ley de Gravitación Universal.

Desde entonces, las demás ciencias y disciplinas han copiado sus métodos, generalizado sus conclusiones y explicado sus teorías, siguiendo las huellas del mecanicismo de la física clásica.

La física, como intérprete objetiva del mundo de las cosas, se convirtió en una verdadera religión, especialmente atea.

La ciencia, las leyes naturales, las matemáticas eran ahora las entidades que generaban confianza pero, al final, este entusiasmo era la reivindicación del hombre sobre su religión, la participación activa del hombre en su devenir.

El propio Marx apuesta también, desde su ateísmo y materialismo acérrimo, al desarrollo de la ciencia que, en aquel entonces, no era otro sino el modelo newtoniano.

También el propio Marx dirá más tarde: “El hombre creó la religión y no la religión al hombre”.
El endiosamiento de la materia no es sino una transferencia de propiedades del Ser Supremo; principios que migran desde Dios y se reparten entre la materia y la capacidad racional del hombre, que es el que puede dominar este entorno material.

En esta línea, la física clásica, mediante el determinismo científico y la imposición del modelo mecanicista ha venido marcando presencia desde el siglo XVIII.

Pero el vuelco de la nueva física ha puesto a las ciencias tras un referente mucho más complejo e integrado. Un modelo lleno de paradojas y realidades antes impensadas:

La mecánica cuántica

La mecánica cuántica incorporó nociones tales como la dualidad onda-partícula, el principio de incertidumbre y la vacuidad de la materia. Al parecer, el universo podría estar implicado en cualquier porción aparente de su manifestación.

Siendo así las cosas, las soluciones sociales podrían venir desde cualquier ámbito, fusionando así el conocimiento que el viejo cientifismo se esmeró en fragmentar.

Cabe un consejo familiar sugerido por un polítologo y un pronóstico metereológico nacido de un especialista de los huesos. Cuestiones todavía más audaces y aparentemente más inconexas quedan enlazadas en la Teoría del caos donde “el vuelo de una mariposa en New York puede generar una tormenta en Amsterdam”.

Tal vez, debido a la inexistencia de espacios separadores, en la realidad última, el “Conócete a ti mismo” sea una invitación a la aventura por el cosmos.

La red conceptual que exuda nuestro tiempo es la continuación inmaterial de nuestro propio cuerpo, los vapores de una cronológica memoria común que tiene, por ende, receptores también comunes en nuestros cerebros.

La psicopatía del sistema y la rebelión contra el mismo son aspectos aparentemente opuestos que tienen su cuna en la esquizoide naturaleza del “yo” multiplicado.

Tesis y antítesis divergen desde un punto donde tal divergencia se colapsa, emergen desde un núcleo sin extremos, un resumen distinto a lo que muestran los sentidos porque, contrario a la idea de un natural perfecto, es evidente que de ellos y de su archivo empírico (la memoria) proviene la discapacidad de reunir tal polaridad existencial en una misma esencia.

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