Fin del mundo
Fin del mundo
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Ante los ojos de millones de televidentes en todo el mundo y de forma constante la televisión se ha convertido en un desolador emisor de ininterrumpida trágicas noticias, antiguas profecías, películas y todo tipo de información que nos recuerdan o nos hacen sentir que el fin del mundo ha llegado.

Crisis económica, desempleo, matanzas, tensiones internacionales, ataques terroristas, el fin de nuestro sistema de vida, los viejos miedos nacionalistas que vuelven a aparecer después del sueño de la globalización y cuyo mejor exponente lo vemos por estos días en Arizona y su polémica ley, mientras que nos llega en directo el colapso inminente de la economía mundial, la nueva fragmentación de Europa y las matanzas indiscriminadas en Tailandia.

Sin dejar de lado el calentamiento global y desastres ecológicos múltiples y a toda escala, en todos los puntos del planeta. Una gigantesca mancha de petróleo que se expande sobre el océano Pacífico y llega a las costas de los Estados Unidos y arrasa con todas las formas de vida a su paso, mientras que simultáneamente, un volcán en Islandia arroja una enorme nube de cenizas que colapsa el tráfico aéreo de una gran parte del planeta y que parece no remitir.

Terremotos que se suceden uno tras otro cuales fichas de un dominó planetario y dejan tras de sí muerte y destrucción, sumados a lluvias torrenciales, monzones, huracanes y tsunamis.

Amenazas de pandemias y virus descontrolados que diezmarán a la población mundial que haya sobrevivido a la debacle financiera y la catástrofe social y que claro, no haya muerto de hambre debido a la escasez de alimentos o víctimas de las turbas callejeras.

Todas ellas son sólo algunas de las catástrofes de las que somos testigos diariamente y llegan hasta nosotros gracias a destacados patrocinadores y a la omnipresente televisión, que nos permite ser testigos del Apocalipsis cómodamente sentados en nuestro sofá favorito, junto a crímenes macabros, niños que se apuñalan entre sí, madres que abandonan a sus hijos y mujeres que mueren a manos de sus esposos y viceversa, droga, violencia y más violencia.

Además estamos expuestos de forma permanente a una sobredosis extra de Apocalipsis que convive junto a los reality shows y otras formas de telebasura y que está copando la parrilla programática de la televisión mundial.

Evidentemente el fin del mundo vende y es sinónimo de audiencia, de otra forma no se puede explicar el fenómeno de documentales, programas y películas cuya temática es el fin de la raza humana, los desastres naturales y claro, como no, las profecías.

Mientras tenemos a Will Smith como superviviente de una pandemia que lucha por encontrar un antídoto al virus letal, a la misma hora en otro canal, Nostradamus y sus profecías nos anuncian que el fin está llegando, mientras las cadenas informativas hablan sobre la revelación del tercer secreto de Fátima por parte del Papa Benedicto XVI.

A la misma hora y en las cadenas “culturales” tenemos desastres naturales, las profecías Mayas, o que el año 2012 será el último de acuerdo a la tradición de las tribus del norte de América y en un magazine de la competencia el astrólogo de turno consulta a los astros sobre los resultados del próximo campeonato mundial de fútbol y predicciones para los famosos, mientras que la competencia hace lo mismo preguntando a un destacado vidente… ¿Abandonará Francia el Euro?

Y continúa el zapping con Bruce Willis luchando contra un meteorito gigante que destruirá la tierra y se vuelven a programar antiguas películas que giran en torno a catástrofes, pandemias, marcianos, tragedias varias; además de documentales que plantean una tierra sin humanos y el especial de fin de semana dedicado a la gripe H1N1 que parece estar renaciendo y con inusitada fuerza y capacidad mortal.

Sin duda estamos viviendo un periodo convulso y crítico dentro la historia de la humanidad y las noticias no son inventadas, sino que son el reflejo de una cruda, triste y terrible realidad, pero además exaltar hasta el agotamiento contenidos catastrofistas sólo produce más miedo, ansiedad e inseguridad en millones de personas que están expuestas –indiscutiblemente- de forma voluntaria a sus contenidos, pero no por opción, sino, posiblemente buscando respuestas a lo que está ocurriendo, pero ¿acaso es la forma?

La televisión actual y en todo el mundo se ha convertido –salvo honrosas excepciones- en una poderosa herramienta ideológica que potencia el miedo y la inseguridad en las sociedades, exaltando lo banal y lo negativo bajo la premisa que “eso vende”, con millonarios intereses económicos de por medio y que han encontrado en el Apocalipsis una nueva fuente de audiencia dirigida a sociedades asustadas, inseguras y que cada vez más tienen a la pantalla y a los tranquilizantes como única forma de evasión.

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